5.- SOBRE EL CÍRCULO EXTERIOR:
Pienso que los alrededor de 60.000 electores perdidos constituyen el círculo exterior que supimos atraer no sólo cuando se fraguó Lizarra-Garazi sino previamente, durante los años de paciente trabajo popular y de paciente extensión de las reivindicaciones democráticas básicas. La coherencia incansable de la izquierda abertzale defendiendo esos principios y demostrando el agotamiento constitucional y estatutista, es también un factor previo a Lizarra-Garazi. Prácticamente a muy pocos nos sorprendió el comportamiento de los principales partidos y organizaciones que vertebran a una parte apreciable de ese círculo, y no me voy a extender en una crítica a su comportamiento porque carece de sentido, y puede además dar la sensación de que se les echa la culpa del retroceso cuando no es así. Buena parte de lo dicho anteriormente sirve, con los obligados cambios y adecuaciones, para este sector exterior.
La pregunta clave que debemos responder, en primer lugar, es la de si convenía sacrificar la línea y los objetivos irrenunciables de la izquierda abertzale para mantener a esos colectivos y parte del electorado que podían aportar. La respuesta es obvia y no tiene sentido repetirla porque, por suerte, ya hemos superado esa fase. La segunda pregunta es más actual e interesante y consiste en saber qué tenemos que hacer de ahora en adelante para establecer otra vez relaciones con esos grupos. La respuesta, desde luego, desborda con mucho tanto el espacio de esta exposición como sus objetivos, pues no estamos ahora aquí para discutir sobre el futuro sino para analizar qué ha sucedido y por qué. Ahora bien, sí es conveniente recordar que las diferencias que tenemos con los principales grupos organizados de esa corriente se remontan tanto a las escisiones en la izquierda abertzale a finales de la década de 1960 como a la deriva desintegradora de una parte minoritaria de la escisión de mediados de la década de 1970. Tres tesis esencialmente iguales reaparecen pese a sus diferencias de forma en esas escisiones: una, el rechazo de la interrelación de todos los métodos de intervención política; dos, la relativización o abandono del independentismo abertzale y tres, el rechazo de la tesis de Euskal Herria como marco propio de lucha de liberación nacional y social. Con sus diferencias y matices, más con añadidos de otras razones, las tres citadas reaparecen juntas o separadas en la actualidad cuando se debate cualquier cuestión política.
Las tres diferencias expresan no sólo los puntos de fricción entre diversas corrientes políticas que tal vez pudieran coincidir en otras cuestiones, sino fundamentalmente marcan y son los jalones sucesivos del proceso de constitución estratégica de la izquierda abertzale como fuerza revolucionaria que se constituye superando los paradigmas teóricos dominantes en el exterior y en el interior. Quiero decir que del mismo modo en que nos reivindicamos de una estrategia independentistas también lo hemos hecho a la par que nos independizábamos de la teoría oficial que en esas tres cuestiones básicas nos ataban a una concepción estatalista. Por eso las diferencias con los colectivos que fueron abandonando la izquierda abertzale son tan profundas que impidieron toda continuidad de acción conjunta una vez que se reeditaban en el contexto actual las viejas discrepancias estratégicas. Concedo la suficiente importancia a esta cuestión como para detenerme en ella un poco más pues explica en buena medida no sólo el volumen de votos perdidos sino también, de un lado, la negativa posterior de esos grupos a integrarse en Batasuna y, de otro lado, los problemas que reaparecerán inevitablemente cuando volvamos a entablar relaciones.
La cuestión clave que aquí se dilucida no es otra que la de saber si una lucha de liberación nacional ha de tener una independencia estratégica en lo teórico-político, o no. Desde los años sesenta, las sucesivas escisiones han mostrado el lento y traumático proceso de independización teórica del abertzalismo con respecto a la teoría izquierdista estatal que, pese a sus proclamas sobre la autodeterminación como derecho abstracto, no termina de romper con el mito nacionalista burgués de España y Francia. Esta izquierda no supera conceptualmente la visión nacionalista burguesa española y francesa de sus Estados respectivos, y en vez de combatirlos hasta su destrucción en cuanto los espacios adecuados para la acumulación capitalista en esas áreas geográficas, sólo critican su comportamiento político en lo "nacional", es decir, dentro de su exclusivo y excluyente paradigma que, históricamente, es el creado por el capitalismo español y francés en su proceso de acumulación ampliada. Es verdad de militantes aislados o algún grupito ha asumido la necesidad de la independencia, pero todavía no han superado los otros dos bloques de diferencias, con lo que el problema, aun atenuado, se mantiene. Visto este problema en perspectiva histórica y a escala mundial, la independización teórico-política de la izquierda abertzale se inscribe en la misma experiencia de todos los pueblos oprimidos que han conseguido elaborar su propia concepción liberadora, emancipándose teórica y prácticamente.
Tenemos que ser conscientes de estas permanentes y profundas diferencias históricas para ser mínimamente realistas a la hora de pensar cualquier esfuerzo de acercamiento práctico. Volvemos así a parte de lo anteriormente dicho, cuando insistía en la necesidad del principio de realidad. Desde esta perspectiva histórica, buena parte de esos aproximadamente 60.000 votos perdidos corresponden a los restos de esas y otras alternativas que se fueron desgajando del tronco abertzale originario y que volvieron a él cuando se propiciaron expectativas precisas. Por ejemplo, con la crisis y escisión del PNV y aparición de EA y con el proceso de Lizarra-Garazi, entre otras y con las diferencias lógicas entre ambos ejemplos. Quiero decir con esto que, por un lado, esa pérdida entronca con los avatares históricos de la izquierda abertzale desde prácticamente su origen mismo, con lo que se desautoriza así la crítica barata y malintencionada a los posibles efectos negativos del fin de la tregua de ETA y, por otro lado, que consiguientemente un nuevo proceso de acercamiento se ha de realizar tanto desde la consciencia de las diferencias objetivas existentes como en otro marco político que ahora no podemos precisar.
Pero otro bloque de esos miles de votos se han ido a su sitio porque provenían de grupos que tienen una visión unilateral, restrictiva y sobrevalorada del pacifismo y de la no violencia. Grupos que por razones que ahora no podemos exponer han sido incapaces de comprender las universales lecciones históricas que muestran cómo el pacifismo y la no violencia, como el resto de formas de intervención política y social, sólo son efectivas a la larga y ético-moralmente aceptables, si van dentro de una concepción totalizante y dialéctica de todas ellas, en las que la interacción no niega su autonomía ni el que una forma de acción sea la dominante durante un tiempo determinado. Tenemos que recordar en este sentido que también en Euskal Herria aparecieron grupos que en luchas como la ecologista, la vecinal, la cultural, la feminista, la sindical, etc., --sin entrar ahora a una valoración de su importancia y orden de exposición-- defendieron y defienden esas interpretaciones unilaterales y empobrecedoras, mecánicas incluso. De hecho, con la actual moda de la "antiglobalización", asistimos a una nueva oleada de tópicos reformistas que nos retrotraen a discusiones que reaparecen periódicamente.